Reseña

Silencios, de Tillie Olsen

En su maravilloso prólogo la escritora Marta Sanz se pregunta si la situación de las mujeres en el campo de la cultura ha mejorado mucho en estos últimos cuarenta años. La realidad es que no. Ha habido mejoras, sí, pero no suficientes. Sin ir más lejos, el reciente contexto de pandemia ha puesto de manifiesto, una vez más, cuál es la situación de las mujeres en un ámbito en el que se han hecho progresos en pos de la paridad como es el académico. El confinamiento tuvo un efecto muy desigual entre hombres y mujeres en lo que ha producción académica se refiere, ya que mientras la publicación de papers firmados por hombres aumentó durante dicho periodo, la producción de las mujeres descendió de manera significativa, poniendo sobre la mesa quién ha cargado de manera desproporcionada con las tareas familiares y del hogar. Algo que ya señala Tillie Olsen en las conferencias recogidas en este volumen y que Marta Sanz recoge así:

«Olsen menciona a parejas heterosexuales compuestas por escritora y escritor: Katherine Mansfield y John Middleton Murry; a ella se la come la casa, a él no. Cruzamos los dedos para que el reparto racional de las tareas domésticas sea ahora otro. El hecho de cruzar los dedos plantea cierta duda y desconfianza en que lo justo se cumpla, ya que ha quedado ampliamente demostrado que en el ámbito cultural —aparentemente más sensible— y en sus periferias domésticas impera el mismo machismo que en el resto de la sociedad».

Tal y como recoge Tillie Olsen, la propia Katherine Mansfield deja por escrito sus frustraciones, que no duda en trasladar a su marido [Letters to Jonh Middelton Murry (1913-1922), en Silencios]:

«Hoy me odio a mí misma. Odio a esa mujer que revisa cada cosa que haces, y corre de un lado a otro, protestando cada vez que suena un portazo o se derrama un poco de agua, y no deja de gritar: “¡Al menos podrías vaciar el cubo de la basura y lavar los posos del té!” […]. Oh, Jack, me gustaría que me abrazaras, me besaras las manos y la cara y cada trocito de mi cuerpo y me dijeras: “No te preocupes, cariño, lo entiendo”».

Porque a veces, solo necesitamos eso para seguir adelante: empatía y comprensión, no tener la sensación de que exageramos… Ay, ese sambenito de histéricas y victimistas… Reconocer la desigualdad es el primer paso para eliminarla. Y nos encontramos con que no existe aún la sensibilidad necesaria en nuestras sociedades, aquellas en cuyo seno los jóvenes son cada vez menos conscientes del daño que hace la reproducción de prácticas patriarcales. El «ni machismo ni feminismo» aboca a los silencios que denunciaba ya Tillie Olsen hace casi medio siglo —que se dice pronto— a la mitad de la población. Nos arrincona, nos relega al ostracismo.

Y qué decir de la desigualdad que se produce en relación a la maternidad/paternidad. En Memorias de una beatnik, Diane di Prima recuerda cómo Jack Keruac le advirtió de que si quería dedicarse a la literatura debía olvidarse de sus hijos. Y es que, como dice la Sanz, «Una mamá que escribe es a veces una mamá desatenta. […] puede incluso llegar a ser una mamá desnaturalizada». ¿Y un papá que escribe?

«Olsen explica cómo va sacando hilillos de escritura entre su jornada laboral como mecanógrafa y la crianza de sus cuatro hijas […]. Una beca le permite “ser una escritora que escribía”. La distinción es interesante. Hay escritoras que nunca podrán serlo verdaderamente porque carecen de tiempo».

Y es que el tiempo es siempre el enemigo de las escritoras. El tiempo de calidad, ese que te permite no pensar en otra cosa, centrarte en lo que estás haciendo, ni que sea a tiempo parcial. Lejos de controlar que haya comida en la nevera, que el cubo de la basura no rebose ni tampoco el de la ropa sucia:

«Obtuve una cierta continuidad, al menos durante tres días a la semana, a veces más, y fue en esos meses cuando llevé a cabo la misteriosa transformación que me convirtió en una escritora que escribía».

El segundo texto que contiene el volumen, «Una de doce», me ha llevado a recordar el Matar al ángel del hogar, de Virginia Woolf. A la necesidad que tenemos las mujeres de deshacernos de esas obligaciones en relación a los cuidados que muchas veces nos autoimponemos, sin que ocurra lo mismo por parte de los hombres.

«Cuesta mucho convertirse en escritora. Están las querencias personales —mucho más comunes de lo que solemos admitir—, las circunstancias, el tiempo, el desarrollo del oficio, y más allá de todo eso, la convicción de que tenemos algo importante que decir, y tenemos derecho a decirlo. Está la voluntad, el almacén infinito de creencias sobre lo que podemos alcanzar, a lo que podemos aferrarnos para forjar una comprensión propia de la vida. Todo ello resulta difícil para cualquier hombre no nacido en un medio —léase clase social— capaz de brindarle toda esa confianza, y casi imposible para una chica, una mujer».

En otro ámbito de cosas, está la tradicional consideración de que hay cualidades que se reservan a los hombres y a las mujeres. ¿Te suena? En los últimos días ha pasado una familia por la librería y, cuando la niña de seis años ha optado por el libro de los dinosaurios en detrimento del de los unicornios, la madre ha exclamado: «¡Qué chicazo eres!». Dinosaurios, unicornios. Chicazo. Octubre de 2022. 2022.

«De hecho, hay muy poca literatura sobre el modo en que se niega a las niñas el desarrollo de su potencial humano, de sus cuerpos activos y vigorosos, del ejercicio de su poder para hacer, construir, investigar, inventar, superar obstáculos, resistir las agresiones, pensar, crear, elegir, tejer una comunidad, fraguar la confianza en sí mismas. Muy poco se ha escrito acerca de los daños de inculcar una preocupación constante por la apariencia, una necesidad constante de agradar y apoyar; de educar en la aceptación de lo ajeno y el aplazamiento de lo propio. […] Sin embargo, a poco que nos esforcemos, podremos comprender el alcance de los daños infringidos y las secuelas resultantes: una de doce».

¡Ay, y qué decir de los modelos de feminidad! Qué aburrimiento, de verdad, qué cansino todo…

«En cambio, hay otros gusanos invisibles que encuentran ahí el lecho de la púrpura alegría: la falta de autoestima; la responsabilidad de la tarea cuestionada por las agonizantes horas dedicadas a la apariencia; la concentración destruida por la constante obligación de atraer y ser atractiva; la necesidad absorbente y real y el amor al trabajo con las palabras percibidos como una ilusión hipócrita (“No puedo dedicarme por entero”), pues lo que se valora, por encima de todo, es resultar atractiva a los hombres».

Ya lo decía Sylvia Plath: «Una mujer debe sacrificar toda aspiración a la feminidad o la familia para ser escritora».

Por último, otra de las reflexiones que me ha hecho pensar es lo que comenta la escritora estadounidense sobre «los únicos»:

«Los únicos suelen ser objeto de escarnio y recriminación, y ejercen una función de “modelos” con implicaciones irreales: “¿Ves como puede lograrse? Lo único que necesitas es voluntad y aptitudes”. Aceptar esa condición de “únicas” perpetúa las condiciones de desigualdad».

Voluntad y aptitudes. Si no lo consigues es porque no te esfuerzas lo suficiente. En fin…

Haced caso a Tillie Olsen:

«Leed y escuchad a las escritoras contemporáneas, tanto a las emergentes como a las reconocidas, que a menudo permanecen descuidadas y abandonadas. La ausencia de público es una forma de muerte».

Y hacedme caso a mí: leed Silencios.

[Tillie Olsen (2022). SilenciosLas afueras]

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