Reseña

Soledad, de Víctor Català

Soledad, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!

Hace días que acabé Soledad y aún sigo volviendo a él, a ella, a cada rato. En mi día a día, pero sobre todo en mis lecturas. Se puede decir que la busco en cada libro que abro. Soledad es como una de esas personas que se te meten en la cabeza y por mucho que lo intentes no eres capaz de sacarlas de ahí. Solo falta que se me aparezca en sueños. Te enamoras de Mila y de la montaña. «Cada dos por tres Mila soltaba frescas y espontáneas risas, cuyo dilatado eco animaba la soledad de la montaña y la profunda quietud de su cumbre como si de ella brotasen chorreantes fuentes». Te enamoras de la luz y del sonido de las campanas. De los pájaros y de las ovejas. Del pastor y del niño. Pero también los odias, a todos, a todo. La vida es cruel, que le gusta decir a mi sobrino, y Soledad también. Tan bello como cruel, amargo. Y, sin embargo, lleno de esperanza.

Mila se siente sola. «Sola en casa todo el santo día, sola en la oscura y desierta cocina durante interminables y escalofriantes vigilias, sin tener tareas precisas que consumiesen sus horas ociosas, sentía que poco a poco iba invadiéndola la más honda y sentida tristeza». Quienes hemos estado en ese pozo reconocemos los síntomas: Mila está al borde de la depresión. No solo está sola, sino que se siente sola. Carece de una red estable de afectos, de cuidados. Apenas tiene con quién comunicarse, ya no digamos un interlocutor, una interlocutora. Poco sabemos de su vida pasada, de lo que la llevó a la montaña. Víctor Català no entra en muchos detalles, aunque se infiere la inevitabilidad. Acaso Mila creyó que no tenía otra opción. ¿La tenía?

Desconocemos qué pensaba la ermitaña sobre el amor, si es que pensaba algo, antes de casarse. Lo que sí percibimos es que el matrimonio no es lo que esperaba. Nuestra protagonista nos habla del deseo, pero del deseo pasivo, el que deviene del otro, de los otros. Mila se construye a partir del deseo ajeno, como tantas otras mujeres antes y después de ella. Pero ¿y el suyo?, ¿y el nuestro?

«Si Matias hubiese sido otro tipo de hombre, un hombre como los demás, que la mirase de la misma forma en que la miraban otros hombres […]. Pero Matias no tenía mirada alguna: ahora se daba perfecta cuenta de ello por primera vez en su vida. No tenía mirada alguna porque en él reinaba la paz; la paz de la bestia, pero de una bestia anómala, más bestia que las demás bestias, porque era una bestia sin celo…».

Resulta curioso, pero los sentimientos de Mila los vislumbramos casi siempre a través de un tamiz, de una ventana translúcida. Incluso cuando se suelta, cuando nos deja ver que ella también existe. Y siente.

«Arnau, de pie en mitad del corral, bañado de sol y firme como una encina joven, se hallaba a dos pasos de ella. Mila, al ser consciente de la cercanía entre ambos, sintió miedo: miedo de esos penetrantes ojos colmados de deseo, miedo de esos encendidos y provocadores labios como un criadero de voluptuosidades, miedo de ese tronco gallardo repleto de ardores masculinos, miedo de esa vertiginosa oleada de vida pasional que la acometía en su reseca soledad de mujer olvidada…

[…]

Mila, viéndole alejarse, sintió, toda apocada y con una inexplicable angustia, que acababa de matar algo tanto en ese inocente como en ella misma».

¡Y qué maravilloso es acompañar a Mila en esta transición, en este reconocimiento —aunque tenue— del deseo propio!

Anaïs Nin dejará escrito unas décadas después: «No se trata de ser feliz o sentirse satisfecha, se trata de arder». Mila quizá no aspire a arder, quizá se conforme con sentir, pero no lo tiene fácil. Ni mucho menos. Tiene tantas ganas de amar que la desbordan, las siente regalimar por todo su ser. Mila está casada, pero se siente invisible. No solo a ojos de su marido, de quien a todas luces no está enamorada —no queda claro lo que él siente por ella, si ni siquiera parece desearla—, sino también de la persona que por momentos parece paliar esa manca de cuidados y afectos, ese acompañamiento que le es tan necesario para sobrevivir al entorno hostil, para no caer en el abismo de la depresión.

«Entonces Mila sintió lo que había sentido tantas veces: que cuando se hallaba junto a ese hombre, ella era muy consciente de su presencia, mientras que él, llevado por las alas de sus misteriosos pensamientos, se ausentaba de ella y la olvidaba por completo».

La soledad, el olvido por parte del otro, parece ser el sino de Mila. ¿Por cuánto tiempo?

«El filtro de la palabra humana obra tan poderosamente en el oído de los hombres que, cuando esta se trunca, ellos se angustian y no se hallan».

La prosa de Víctor Català, alias literario de Caterina Albert, nos envuelve y sumerge en un ambiente del que es imposible sustraerse. La naturaleza juega un papel muy importante y si bien no voy a decir que es un personaje más, el carácter de Mila se ve moldeado por esta naturaleza omnipresente, casi claustrofóbica, y por las condiciones meteorológicas propias de la montaña. Y qué mejor que ir al original para sentir la fuerza de la naturaleza en la voz narrativa:

«A n’aquests canvis externs responien, en lo interior, una plenitud exaltada de sentiments i una impressionabilitat tan soma, que a n’ella mateixa la desconcertaven per lo insòlits, fent-li sentir com si son ésser es multipliqués i la fes una dona nova per a cada moment de la vida. Com a les altes muntanyes llunyeres dels fons de la davallada, semblava que a n’ella també la tornassolés tota, cos i ànima, una misteriosa llum interior. I aqueix canvi que ella sentia en si, els altres també l’hi sentien».

Sin duda, una joya de obligada lectura.

[Víctor Catalá (2021). Soledad. Andorra la Vella: Trotalibros]

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