Reseña

Vera, de Elizabeth von Armin

«Su antigua esposa tampoco había tratado sus libros con el cuidado apropiado,

siempre estaba leyéndolos».

Vera, de Elizabeth von Armin, es quizá el título que más me ha gustado de la recién nacida editorial Trotalibros. Definida como thriller psicológico, la historia nos adentra en la intimidad de una relación en la que una de las partes —Everard— ostenta una posición de poder, tanto por su edad como por su experiencia en el matrimonio, y la otra —Lucy— se encuentra en una situación de aparente desamparo y sin ninguna experiencia en el amor. La premisa de inicio puede que no parezca original pero poco a poco vemos cómo se despliega ante nuestros ojos un entramado tóxico en el que se ve envuelta Lucy sin darse cuenta. Y es que, bien mirado, ¿no parten acaso la mayoría de los thrillers psicológicos de una situación de toxicidad emocional?

Si seguimos los razonamientos de Lucy podemos entender perfectamente su desconcierto, sus temores y su impotencia ante la situación en la que se encuentra. Cualquier decisión, cualquier comentario que hace Lucy es percibido por Everard como algo contra su persona. Esto hace que, a fuerza de imponer su criterio, Lucy acabe pidiendo perdón y disculpándose por acciones que la han perjudicado principalmente a ella.

No tardó ni cinco minutos desde que Lizzie se había ido en pasar de la tristeza y la perplejidad más absolutas a inventar justificaciones para Everard; a los diez minutos, ya le encontraba la lógica a su comportamiento; a los quince, ya se estaba culpando ella misma por lo que había ocurrido.

Desde fuera, es evidente que estamos ante una Lucy sometida a los dictados de un narcisista de manual. Para Everard, todo gira en torno a él y sus opiniones son indiscutibles e inmutables. Desde este punto de vista todos aquellos que no ven las cosas como él, se equivocan o, con frecuencia, están contra él. Incluida Lucy.

Pero Lucy no le habló más sobre el tema porque, en primer lugar, ya había aprendido que contarle cualquier cosa era buscarse problemas, y en segundo, porque él, en realidad, no quería saberlo. Estaba empezando a darse cuenta, para su sorpresa, de que Everard prefería no saber. No era solo que no sintiera curiosidad por las ideas y las opiniones ajenas, sino que definitivamente prefería no saberlas.

Y en un punto intermedio se encuentra la señora Entwhistle, tía de Lucy, que se debate entre el sentido común de lo que debe ser una relación —nuestra respetable señora es soltera— y el amor incondicional que ve en los ojos, aún inocentes, de su sobrina. Ella será la única que parece observar desde la cordura y no duda en plantearse si está su sobrina tomando la decisión correcta. A través de ella nos llegan voces que discrepan de los convencionalismos y que nos pueden sorprender dada la época en que está escrito y ambientado el libro.

—Después de todo —dijo—, ¿hay algo mejor que tener un marido entregado?

Y la viuda, que había tenido tres maridos y que sabía de los que hablaba, le respondió con la calma típica de quien ya ha terminado su viaje y puede mirar atrás y evaluar con calma:

—No tener ninguno.

A la vista de estos comentarios contra la institución del matrimonio y en general contra la situación de las mujeres en las relaciones, es lógico que el libro cosechase críticas y la autora optase por publicarlo de forma anónima. No cabe duda de que el personaje de Everard pretende ser un extremo de personalidad narcisista, así como Lucy estaría en un extremo opuesto: inocente, bondadosa, generosa y complaciente. Sin embargo, esto le permite a la autora desarrollar argumentos a través de los pensamientos de Lucy que, aun siendo demasiado simples, rememoran un relato que nos es tan familiar. La joven se enfrenta a una toxicidad de baja intensidad, con razonamientos que apelan al sentido común —¿os suena? ¿por qué los que pretenden arrogarse la razón siempre apelan al sentido común desde posiciones irracionales?— pero que desde fuera vemos cómo se ve inmersa en una escalada imparable. Una escalada que, como la propia Lucy reconoce, la atemoriza.

Sí, era tremendamente miserable, reflexionó tumbada en la cama por la noche, sin poder dormir, mientras le daba vueltas a cómo se había comportado durante el día. El amor la había hecho miserable, pues en el amor se escondía el miedo a herir al amado. Que las Escrituras afirmaran que el amor perfecto expulsa cualquier temor le hacía pensar que, en realidad, no tenían ni idea de lo que hablaban, pues en su amor, sin duda perfecto, sí había temor.

Y es que, aunque sin poner en duda el amor que siente por Everard, poco a poco va viendo la situación en la que se encuentra y la siente de una manera muy gráfica. ¿Acaso llegó Vera al mismo razonamiento?

Era así como funcionaban las prisiones: retenían tu cuerpo creyendo tenerte controlado, pero mientras, tu mente, … eras libre como un pájaro en el cielo.

Bonus track. Me declaro fan de la tía de Lucy:

De repente, la señora Entwhistle se sintió incómoda. Dejó el libro que estaba sosteniendo, apoyó las manos sobre su regazo y miró por la ventana hacia las colinas más allá del río. Le parecía que estaba siendo una fisgona, una fisgona imperdonable. ¿Había algo más revelador que los libros que leía la gente?

[Elizabeth von Armin (2021). Vera. Barcelona: Trotalibros]

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